Don y Carol Croft

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Don y Carol Croft: la pareja que llevó las orgonitas a todo el mundo
Si Karl Hans Welz fue el inventor de la orgonita, Don y Carol Croft fueron quienes la pusieron en las manos de la gente.
De la mano de esta pareja estadounidense, las orgonitas pasaron de ser un descubrimiento de laboratorio a convertirse en un movimiento global de regalos, de «gifting», de gente corriente haciendo sus propias piezas y compartiéndolas con el mundo.
Y lo hicieron con una energía, una pasión y un activismo que pocos han igualado. Porque los Croft no eran científicos de bata blanca; eran buscadores, experimentadores y, sobre todo, activistas que creían que una pequeña pieza de resina y metal podía cambiar el mundo. Y en cierto modo, tenían razón.
¿Quiénes eran Don y Carol Croft?
Don Croft era un hombre curioso, inquieto, de los que no se quedan con la primera explicación. Carol, su mujer, era energéticamente sensible, algo que resultaría clave en sus investigaciones. Juntos formaban un tándem perfecto: Don con su mente práctica y su obsesión por los detalles técnicos, Carol con su capacidad para «sentir» la energía y saber si algo funcionaba o no.
No eran académicos ni tenían un laboratorio sofisticado. Eran gente corriente que, como tú y como yo, se topó con la energía orgónica y decidió explorarla. Y lo hicieron a su manera: experimentando, fallando, aprendiendo y, sobre todo, compartiendo.
El encuentro con Welz y el nacimiento de la orgonita moderna
Todo empezó cuando Don Croft, mientras experimentaba con acumuladores de orgón siguiendo los diseños de Reich, oyó hablar de la tecnología de Karl Hans Welz a través de un amigo. Welz ya había patentado su fórmula de resina con virutas metálicas, y Croft, fascinado, decidió probar por su cuenta.
Pero los Croft no se limitaron a copiar. Añadieron un ingrediente que lo cambió todo: un cristal de cuarzo en el centro de la mezcla. Welz ya usaba cuarzo, pero los Croft le dieron un protagonismo especial, y descubrieron que el efecto piezoeléctrico del cristal potenciaba enormemente la capacidad de la orgonita para transformar la energía negativa (DOR) en energía positiva (POR).
Aquí hay algo que me hizo reflexionar. En el artículo sobre Welz, conté que él mismo me confirmó que «la orgonita sin cuarzo es un pisapapeles». Es decir, Welz ya conocía y defendía la importancia del cuarzo en la mezcla. Sin embargo, a Don y Carol Croft se les atribuye el mérito de haber sido los pioneros en colocar un cristal de cuarzo en el centro de la orgonita.
La clave, creo, está en el enfoque. La genialidad de los Croft no fue ‘inventar’ el cuarzo en la orgonita, sino convertirlo en el corazón y el motor de la pieza, dándole un protagonismo que resonó con fuerza en la comunidad. Lo que sí he podido verificar es que no se limitaban a usar cualquier cuarzo; usaban cuarzos específicos como Amatista, Cuarzo Rosa o Citrino para potenciar el efecto, y fueron ellos quienes realmente popularizaron esta forma de hacer orgonitas a nivel mundial.
Ahí nació la orgonita táctica, como la llamarían después: una mezcla de resina, virutas metálicas y cuarzo, que se convirtió en la fórmula estándar que millones de personas usarían en todo el mundo.
El movimiento «gifting»: regalar orgonitas como acto de amor
Pero si hay algo que realmente define a los Croft es que no se guardaron el descubrimiento para sí mismos. No patentaron la fórmula ni intentaron hacer fortuna con ella. Al contrario: la compartieron.
Nació así el movimiento del «gifting» (regalar): personas de todo el mundo empezaron a hacer sus propias orgonitas y a regalarlas a amigos, familiares, vecinos, e incluso a dejarlas en lugares públicos, junto a torres de alta tensión, etc. El objetivo era sencillo y hermoso: llenar el planeta de orgonitas para contrarrestar la contaminación electromagnética y energética que nos rodea.
Don Croft documentó todas estas aventuras en un texto llamado «The Adventures Of Don And Carol Croft», donde relataba sus correrías de «lanzamiento de orgonitas» entre 2001 y 2005. Un documento que, como él mismo decía, podía leerse como «ficción entretenida», pero que inspiró a miles de personas a unirse al movimiento, yo incluida.
Los chembusters: la respuesta a los chemtrails
Los Croft no se detuvieron en las orgonitas pequeñas. Don inventó un dispositivo más grande, al que llamó Chembuster (o Orgonite Cloudbuster), en honor a Wilhelm Reich. Consistía en un tubo de cobre (o varios) incrustado en una base de orgonita, con cristales de cuarzo en su interior.
¿Para qué servía? Según los Croft, para neutralizar los chemtrails (las estelas que dejan los aviones y que algunos creen que contienen sustancias químicas dañinas) y para contrarrestar la guerra meteorológica que, según ellos, se estaba librando con tecnología HAARP. Polémico, sí. Pero los Croft nunca tuvieron miedo a la polémica. Ellos veían una amenaza y creaban una herramienta para enfrentarla.
Hago un pequeño inciso aquí: Un cloudbuster no hace mágia ni puede frenar o deshacer los chemtrail. El CB hace lo mismo que la orgonita normal, pero con un alcance que llega hasta la ionosfera.
La relación con Welz: dos mundos que chocan
Ya hablé en la entrada anterior de la tensa relación entre Welz y Croft. Welz sentía que Croft le había robado su fórmula y la había popularizado sin darle el crédito que merecía. Y es verdad que Croft no siempre mencionaba a Welz como fuente original.
Pero también es cierto que los Croft hicieron algo que Welz no hizo: democratizaron la orgonita. Mientras Welz vendía máquinas caras y mantenía un aura de científico inaccesible, los Croft compartían la fórmula en foros de internet, animaban a la gente a hacer sus propias piezas y creaban una comunidad global alrededor de las orgonitas.
No voy a tomar partido en esta disputa. Ambos fueron necesarios. Welz puso los cimientos; los Croft construyeron la casa y abrieron las puertas a todo el mundo.
El legado de los Croft: un movimiento que sigue vivo
Hoy, las orgonitas se fabrican y se usan en todo el mundo. Y gran parte de ese mérito es de Don y Carol Croft. Ellos convirtieron un descubrimiento de laboratorio en un movimiento popular, accesible y lleno de corazón.
Su enfoque era práctico y sin complejos. No esperaban a que la ciencia oficial validara sus hallazgos; simplemente probaban, compartían y confiaban en la experiencia de la gente. Y esa confianza en la inteligencia colectiva, en la capacidad de cada persona para crear su propia herramienta de bienestar, es quizá su legado más importante.
Cuando veo el movimiento de orgonitas que existe hoy, con artesanos, terapeutas y personas corrientes haciendo sus propias piezas y compartiéndolas, veo la huella de los Croft. Veo su espíritu de generosidad, su activismo alegre y su fe en que pequeñas acciones pueden tener un gran impacto.
Y desde mi taller…
En mis orgonitas, llevo un poco de esa herencia. La fórmula con cuarzo que popularizaron los Croft es la base de muchas de mis creaciones. Pero también pongo mi propio sello: el mimo de la artesana, la atención al detalle, la intención clara y el cariño con el que trabajo cada pieza.
Porque al final, los Croft nos enseñaron que las orgonitas no son solo objetos. Son vehículos de intención, pequeños faros de luz que podemos regalar al mundo. Y eso, creo, es algo que tanto Welz como los Croft, cada uno a su manera, entendieron perfectamente.
Si quieres ver cómo aplico esa herencia en mis propias creaciones, puedes pasarte por mi tienda. Cada orgonita que sale de mi taller lleva un poquito de esa historia, y mucho de mi propia alma.
¿conocías la historia de Don y Carol Croft? ¿Te identificas más con el enfoque científico de Welz o con el activismo generoso de los Croft?
Me encantará leerte en los comentarios. Aquí no hay bandos, solo historias que compartir y aprendizajes que integrar.







2 comentarios. Dejar nuevo
Me encantó, tienen poder de fabricar grandes cantidades
Hola Alicia.
Mándame un email a info@orgonangel.com y dime qué necesitas.